PostHeaderIcon Palabras pronunciadas por Juan Antonio Cremades Sanz-Pastor en los funerales de Mosen José María Leminyana de Alfaro

Catedral de Roda de Isábena, 29 de noviembre de 2009

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Señor Obispo, con la venia.

Se me ha pedido que, como rotense de elección y corazón, pronuncie algunas palabras sobre Mosen Leminyana. Nadie espere que hoy en la catedral de Roda de Isábena haga su panegírico. Del Mosen se puede decir lo que, hace cinco siglos, escribió Jorge Manrique sobre su progenitor en sus Coplas por la muerte de su Padre:

sus hechos grandes e claros
non cumple que los alabe,
pues los vieron;
ni los quiero hacer caros,
pues qu’el mundo todo sabe
cuáles fueron.

Todos hemos convivido con el Mosen. Conocemos sus hechos grandes y claros. No hace falta encarecer lo que le debe la Iglesia, Roda de Isábena y Aragón, por toda su vida de lucha y dedicación. Lo que pudiera decir yo, no lo ignora nadie de los aquí presentes. Sólo puedo expresar mi tristeza. He perdido –como todos los rotenses– mucho al mismo tiempo.

He perdido a un amigo. A un ser que ofrecía su amistad a todos y con el que todos podían contar para lo que necesitaran.
Este verano estuve en la residencia de Barbastro donde unas Hermanitas de los Ancianos se ocupaban de él día y noche durante los últimos meses de su difícil enfermedad, como lo ha hecho también su familia de manera ejemplar. Una monja me acompañó hasta la habitación donde se encontraba en estado casi vegetativo. El Mosen me sonrió e intercambiamos apenas algunas palabras. La religiosa me preguntó al marcharme:

– ¿Es usted cura?
– No ¿por qué debería serlo?, respondí yo.
– Porque lo ha reconocido y sólo reconoce a los curas.

Fue para mí el último testimonio de amistad del Mosen. No preciso decir que salí emocionado, tratando de evitar que las lágrimas asomaran a mis ojos.

He perdido también a un párroco ejemplar. Para mí ninguna misa tan emotiva como las dichas por él. No ha habido procesión en España que me haya llegado más al fondo del alma que las que él ha presidido en la Semana Santa rotense. ¡Cuántas veces, al pedirle orientación y consejo en algún momento crucial de mi existencia, el Mosen ha sabido ir a lo esencial del valor de nuestra religión, poner de relieve lo importante, posponiendo lo accesorio!

Aplicaba en su vida personal todas las exigencias de la religión cristiana. Era pura bondad. Todo comprensión y ayuda al prójimo. Si no practicó el perdón de sus enemigos, es porque él no tenía enemigos; ni aún los que le habían causado la peor ofensa –y estoy pensando en quien se llevó bienes de la Catedral, motivando un disgusto del que nunca se repuso– pudieron dudar ni un sólo segundo de su amor cristiano y de su total indulgencia.

He perdido al alma de Roda de Isábena. Hablar de Leminyana o hablar de Roda de Isábena es lo mismo, tan identificados estaban la Ciudad y su párroco. Todavía lo veo barrer la plaza temprano por la mañana, subirse a un andamio para arreglar las tejas rotas del tejado de la Catedral, dar explicaciones sobre la historia de este lugar a cuantos se cruzaban en su camino, ceder su casa para que hubiera una hospedería, instalar en el refectorio un restaurante para que quienes vinieran aquí pudieran alojarse y alimentarse. Y todo esto hace un cuarto de siglo, cuando nadie creía que ello tendría futuro.

Como Presidente de la Sección de Aragón de la Orden de Caballería del Santo Sepulcro de Jerusalén he perdido a un miembro de la misma. Recuerdo con qué emoción recibió la muceta de eclesiástico de la Orden, que le fue impuesta solemnemente en Roda de Isábena por el Cardenal Gran Prior de la Lugartenencia. Y también la ilusión con la que leyó el pergamino firmado por el Cardenal Gran Maestre y visado por la Secretaría de Estado vaticana que certificaba su nombramiento. Me consuela pensar que hoy se halla en presencia del que resucitó del Sepulcro, Nuestro Señor Jesucristo.

He perdido a un convecino ilustre. No hablaré de esta faceta del Mosen. Tendré otra ocasión de hacerlo. En efecto, la Real Academia de Nobles y Bellas Artes de San Luis de Zaragoza lo nombró Académico de Honor por cuanto ha hecho. El acto de entrega del diploma no pudo celebrarse el año pasado en la fecha prevista. Pero la muerte del Mosen no anula su nombramiento. El día 10 de abril de 2010, los Académicos celebraremos una sesión pública y solemne en Roda de Isábena para honrar la memoria de quien será para siempre Académico de Honor.

He perdido a un hombre de Dios. He perdido a un hombre bueno. Sé que desde el más allá nos protege intercediendo por nosotros.

Como habitante de Roda de Isábena me siento huérfano. Me he quedado sin un amigo, un padre espiritual, un asceta comprensivo y cariñoso, un defensor acérrimo de los valores rotenses. Mas, con palabras que vinieron a la pluma del poeta Jorge Manrique en el momento de dolor de la pérdida paterna, proclamo que el Mosen

dio el alma a quien se la dio
(el cual la ponga en el cielo
en su gloria),
que aunque la vida perdió,
dexónos harto consuelo
su memoria.

Su memoria queda grabada en nuestros corazones y en estas piedras de la Catedral que tanto cuidó. Y aliento la ilusión de que los restos mortales de quien ha sido, en verdad, el último obispo de Roda de Isábena, vuelvan un día a esta su Catedral para esperar en ella la resurrección de la carne.

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